Tres dias en Ámsterdam

Cuando uno relata un viaje recuerda los momentos como si los volviera a vivir. Es por eso que quizá este sea el relato que mas esperaba escribir. Ámsterdam me gustó, y mucho.

Capital de Holanda o los ya conocidos Países Bajos, dicen que se fundó en el 1100 pero no tiene nada que ver con construcciones obsoletas y viejas que se ven en el resto de europa, sino funcionales, mantenidas y pintorescas. Es conocida por muchísimas cosas como obras de arte y películas, pero si algo atrae a los visitantes a este famosísimo país, es la industria erótica, prostitución y el canabis. Polémico, pero con ciertos límites todo puede visitarse.

Llegamos con mi novia desde Londres, en pleno Marzo, donde nos tomamos un vuelo de KLM a medio día directo al aeropuerto de Schipol. Es un aeropuerto que parece pequeño ni bien uno aterriza pero realmente es grande. Les recomiendo la revista del vuelo si quieren leer, a demás de mucha información del país, viene acompañada de diseño y actualidad, donde si no tienen ni idea del destino, les da una vista general.

Al salir del aeropuerto no sabíamos como llegar al centro, o mas bien teníamos una vaga idea y dependiendo donde uno vaya, se puede tomar tren o bus. Compramos los boletos en una boletería en la ventanilla de una camioneta – porque siempre puede ser un poco mas raro el viaje – y nos subimos al colectivo 197, con un viaje de unos 30 minutos aproximadamente. Los colectivos tienen wifi, lo que es un punto a favor por si les hace falta el mapa o ubicarse para saber donde bajar.

Un elemento fundamental de todo viaje es el alojamiento. Nuestro hotel era el “Boutique Hotel View” un hotel que había estado recomendado como los mejores de Ámsterdam, a un precio que no es prohibitivo pero que está por sobre la media. Absolutamente recomendable, confort y ubicación son las características del hotel con una vista al canal in-cre-i-ble. Creanme, vale cada euro y no se van a arrepentir.

Llegamos pasadas las 3 de la tarde, bastante tarde como para comenzar un día de recorrido, pero dejamos las cosas y salimos a caminar.

Realmente no es necesario – ni posible diría – moverse en auto ni tren, sino que toda la gente en Ámsterdam se mueve básicamente en bicicleta.  Creo, y no temo equivocarme, la bicicleta en Ámsterdam es fundamental. A donde sea, a la hora que sea, uno ve bicicletas a su alrededor. De todos los colores, antiguas, nuevas, con carritos para los niños, atadas a los postes, de todas formas y están en cualquier postal que uno quiera hacer.

Si pueden, usen este medio de transporte alquilándolas o bien pueden movilizarse en los famosos tranvías que son rápidos, seguros y super cómodos, y por sobre todo, llegan a todos lados. Creo que las ciudades uno las conoce mas si las camina – o en su defecto las bicicletea – por lo que caminamos mucho a pie.

Fuimos en primer lugar a conocer el Rijkmuseum, un antiguo palacio devenido en museo que contiene enorme cantidad de piezas de arte. No pudimos entrar por el horario (cierra a las 17hs) por lo que seguimos camino.

En frente a él, el ya famoso cartel de “I Amsterdam” donde se tienen que tomar la típica foto y desde donde se puede ver el extenso parque con el museo de Van Gogh a su derecha y los diferentes puestos de comida a su alrededor.

Luego, y como todo amante de la cerveza, decidimos ir a visitar el museo de Heineken o conocida como “Heineken Experience” la cerveza famosa y patrocinada mundialmente, en donde a lo largo de una experiencia con todos los sentidos, se puede observar las diferentes fases de gestación de una cerveza, desde que son simples componentes sueltos hasta que queda esa – deliciosa – bebida.

El camino entre cada punto turístico es una postal de esas que uno ve en las películas, cuadros y relatos. Los canales cercados por barandales verdes, llenos de bicicletas y acompañados por los típicos faroles y árboles, con flores que los adornan, hacen que cualquier foto que uno saque, sea prácticamente una postal.

Llegada la noche y estando por la zona céntrica, decidimos cenar en una cadena de comidas rápidas y volver al hotel a descansar.

En nuestro segundo día, nos fuimos a ver de lleno una de las atracciones principales, el Rijkmuseum. Tiene, creo, cuatro plantas pero innumerable cantidad de salones y escaleras completamente llenas de elementos de pintura, escultura, vasijas, armaduras y todo elemento histórico de valor. Es imprescindible su visita, con audioguía mucho mejor.

Luego decidimos ir al Museo de Van Gogh, pintor por excelencia y reconocido mundialmente que vivió en Holanda y tiene un centro enorme con todos los retratos y obras realizadas por él. Es absolutamente para cualquier persona, aun sin entender nada de pintura – como quien les habla – el audioguía permite entender porqué pintó las obras, el motivo del uso de los colores, las expresiones y hasta el porqué de su mutilación. Gran recorrido, para no perdérselo y uno de los baluartes de la capital.

Ya de noche y con gran ansias de conocer la noche neerlandesa, nos encaminamos al famoso barrio rojo en donde por las noches las calles se pueblan, las ventanas de las típicas casas holandesas se transforman en vidrieras llenas de lujuria – algo que un pueblo de pescadores como éste estaría muy de acuerdo – y acompañadas por hierbas permitidas. A su alrededor, casas de tatuadores, sex shop y restaurantes de parrillas argentinas completan el cuadro. Luego de dar unas vueltas y apreciar el ambiente, nos volvimos al hotel para descansar. No intenten sacar fotos, pueden tener algún problema con la gente.

Nos quedaba nuestro último día y el lugar mas importante para visitar. Amaneciendo temprano, un jueves otoñal y muy frío, previo café caliente y unos exquisitos bocadillos, nos encaminamos al museo de Ana Frank. Si deciden ir a visitarlo, obtengan su entrada con tiempo – pueden obtenerla por la web – porque se llena de visitantes.

Si bien sabía algo de Ana antes de ir, uno cuando visita el museo se hace parte de la historia y puede, si es que hay alguna remota comparación,

vivir parte de la sensación que habrá tenido Ana y su familia, de la vida que llevaban antes de la persecución, de todo su tiempo ocultos tras las paredes y su forma de vida nocturna, con lo que luego sucedió en los campos de concentración. La vida de un montón de personas representada en esta familia.

Un lugar triste pero con un impacto profundo en cada persona que lo visita, para recordarnos todos los días lo que pasó, las innumerables vidas que se perdieron y no tiene que pasar nunca más.

A la salida, y por haber ido temprano, pudimos visitar el Palacio Real, un palacio que sigue en plena vigencia, con salas y grandes salones dispuestos para poder realizar ceremonias y recibimientos a los jefes de estado en la actualidad, aunque antiguamente se utilizaba para mayores tareas, como dar justicia entre otras. A su frente, la famosa Plaza Dam, enorme y rodeada de los típicos edificios neerlandeses.

A pocas cuadras está el famoso local que vende condones llamado Condomerie en donde se pueden llevar algún que otro souvenir haciéndole honor a su nombre con diferentes formas y colores para regalar, dado que es quizá, lo más representativo y comercial de la ciudad en la actualidad.

Ya habiendo visitado gran parte de lo que nos habíamos propuesto, nos quedaba un último lugar y no por eso menos importante, el Vondelpark.

Como en toda ciudad, no podía faltar el parque inmenso, con lagos y glorietas, gente haciendo deporte, y pasando el día al aire libre y también,  como en el resto de la ciudad, andando en bicicleta. Todas las visitas anteriores hacen parecer a este parque pequeño en importancia pero les aseguro que una caminata para recorrerlo es imprescindible.

Y así nos despedimos de Ámsterdam, quedándonos sin tiempo para poder disfrutar más su día a día, su infinidad de bicicletas combinada con cultura e historia, y nos tomamos un tren de alta velocidad saliendo de Ámsterdam Centraal rumbo a París.

Y si me preguntan, les recomendaría una y otra vez ir a visitar Ámsterdam.

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