New York, New York

Este es el diario de una compañera viajera, de una amiga, de una persona increiblemente viajera y me dejo compartirlo con ustedes-

Pasaron menos de dos meses, y yo siento que son años; que por allá en algún lugar lejano quedó el recuerdo de haber conocido “la gran manzana”.

Por el contrario de lo que se suele hacer, no quise escribir enseguida. Quizás, porque no quería reconocer que, como ya sabemos, lo bueno dura poco, y ese viaje se pasó volando. Quizás porque sentía que tenía que encontrar “un momento”, y ese momento iba a aparecer de manera mágica, inspiracional, o quién sabe.

Lo cierto es que New York resultó ser una de esas ciudades a la que volvería una y otra vez, sin duda alguna.Las luces de sus inmensos rascacielos, el orden imperante dentro del caos, el perfecto funcionamiento del transporte público, la increíble variedad de productos, su oferta cultural, la sensación de caminar segura por la calle, y el respeto y cortesía de sus habitantes, entre otras cosas, me enamoraron profundamente. Ojo, no todo es color de rosa, pero estoy segura de que, ante los ojos de cualquier turista, es casi imposible no caer en esa trampa capitalista de fascinación cuasi perfecta.

LLEGADA A NUEVA YORK

Lo primero que me llamó la atención al llegar al Aeropuerto John F. Kennedy, en Queens, el “borough” (distrito) más grande de los 5 en el estado de New York (compuesto por Manhattan, The Bronx, Brooklyn, Staten Island y el ya mencionado Queens), fue la falta de WiFi gratuito. – “¿Estoy en el llamado primer mundo y no tengo WiFi?” – La única manera de conectarse era abonando, o siendo cliente de alguna compañía de cable. Esto nos dificultó un poco el hecho de avisarle nuestra llegada a la host del departamento que habíamos alquilado, así que no nos quedó otra que esperar llegar a la ciudad y encontrar algún local con conexión.

A Manhattan llegamos en subte luego de aproximadamente una hora (perdimos algunos minutos orientándonos y sacando la Metrocard). No voy a entrar en detalles sobre este tema porque considero que la red subterránea de New York merece una gran nota aparte.

Lo cierto es que vimos la luz al salir de la línea A, en la 34 St. Penn Station (la estación del Madison Square Garden) ¿Porque nuestro departamento quedaba por ahí? No. Simplemente porque lo primero que quise hacer es dirigirnos hacia B&H, la famosa casa de fotografía y video, para adquirir mi tan deseada Nikon.B&H se encuentra al “420 9th Avenue”, y la primera impresión que tuvimos al caminar hasta allí fue que las calles que recorren Manhattan a lo ancho son verdaderamente largas. La segunda, fue al entrar al local y, como dije antes, algo que llama la atención es el orden “sagrado” en medio del caos, y B&H lo reflejaba perfectamente: un local gigante, lleno de gente y vendedores (algunos hablan castellano), con varios pisos laberínticos, sectores diferenciados para cada tipo de producto y operación, y en el que circuito de compra-venta está perfectamente delineado pese a que a simple vista, se aprecia lo contrario.

Una vez adquirida la cámara y sus accesorios (sí, yo saltaba de felicidad), nos dirigimos a Planet Hollywood (1540 Broadway y 45 St) para retirar la New York Pass. Este pase lo adquirimos de manera online (no pagamos más de us$340 entre los dos), y nos permitió acceder a prácticamente todos los paseos y atracciones culturales clásicos (así que la súper recomiendo).
Salimos de la 42 St Station, caminamos hacia el este una cuadra, y ¡waw!: las luces del Times Square nos dieron la bienvenida. Las luces y las veredas y calles rotas en reparación, un factor común a toda la manzana. Debo reconocer que el Times Square es una fiesta visual, en la que los carteles luminosos de las obras de Broadway compiten con los de grandes marcas, tiendas de indumentaria y comida rápida. Sin embargo, la cantidad de gente que lo transita, sumado a las calles en reparación, lo hacen un tanto incómodo.

Una vez instalados en el departamento en la zona de East Village (hermoso barrio al este en Manhattan, súper accesible para moverse por todos lados), y habiendo dejado cargando la batería de la cámara (fundamental), volvimos a la zona del Times Square.
Por allí visitamos Midtown Comics, pero el recorrido fue bastante fugaz: mi novio se abrumó por la variedad y cantidad (algo que nos va a pasar reiteradas veces durante el viaje). Luego de la breve visita, como aún no habíamos almorzado (y ya eran como las 5 de la tarde), caímos en lo conocido para no perder tiempo: Mc Donald´s. Los precios de esta cadena son bastante similares a los de Argentina (quizás un poco más baratos), pero difícilmente encuentres “gente blanca” atendiéndote (algo que se repite en la mayoría de los comercios).

Ya con la panza llena y corazón contento, nos dirigimos a la Marvel Station, una atracción en la que recorrías un par de habitaciones sintiéndote un agente de Marvel, mientras observabas algunos trajes de los personajes. Nada extraordinario a decir verdad. Luego, (y para sufrimiendo de mi novio), entramos a la gran cadena de ropa Forever 21. Debo admitir que, si bien me costó reconocerlo (luego de varios intentos en los que no terminé comprando casi nada), F21 me decepcionó un poco: ropas desordenadas, apiladas, revueltas… un descontrol que hace que pierdas varias horas en la búsqueda de algo potable. Claramente resulta más práctico, variado y efectivo hacer la compra online, (además podés conseguir atuendos de otra temporada).

Este es un factor clave a tener en cuenta si vas a New York a hacer compras: las tiendas son tan grandes que podés estar horas y horas. Así que, si pensás ir de compras, es fundamental que consideres el factor tiempo.De haberlo sabido, hubiéramos ido desde el comienzo a Century 21 o H&M, que nos resultaron mucho mejor, aunque igualmente perdimos horas y horas entre escaleras mecánicas, probadores, y en esa “infinita” variedad de cosas y buenos precios a los que no estamos acostumbrados.
De regreso a East Village (combinando la línea A con la L en la 14 St y 8 Av, y bajando en la 3 Av), pasamos por un mercado para comprar algo para cenar: estábamos tan cansados (yo no pude dormir durante las 10 horas de vuelo), que el mejor plan era comer en la cama pensando que teníamos una semana por delante.

¡Lo que costó elegir qué comprar! Nuevamente uno se encuentra con una infinidad de productos, marcas, tamaños y colores que lo hacen realmente difícil. Quería aceitunas pero… ¿cuál llevar si había más de 20 clases? ¿Y las cervezas? ¿Cuál era la más rica? Había para elegir más de 40, y todas se veían geniales. Ni hablar de las gaseosas y aguas saborizadas. No, definitivamente no estamos acostumbrados a eso.
Imagínense que, si mi novio tiene poca paciencia cuando salimos a hacer las compras por Argentina, su humor en ese momento estaba a punto de colapsar. Así que no quedó otra que hacer un primer filtro rápido por precio (la comida es un poco más cara y ni hablar de las frutas y verduras), y un segundo al azar. Yo me hubiese quedado un largo tiempo estudiando cada uno de los productos, pero claramente no era el momento adecuado.

Ya en el departamento, bañados y acostados, con el bochornoso partido de Boca-River por la Copa Libertadores de fondo (sí, había cable y tenía un par de canales en español), disfrutamos de la buena cerveza que habíamos elegido, y charlando, llegamos a la conclusión de que: el paquete de snacks venía más lleno que en Argentina, el queso Finlandia era mucho mejor (y el pote era más grande), las hojas del rollo de cocina realmente secaban, el plumón pesaba 3 veces más que los de acá, los toallones eran una maravilla, y… y el papel higiénico era increíble, una obra del señor.

Así terminamos nuestro primer día en New York.

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